La Cruz de Caravaca se inserta dentro de las llamadas cruces orientales, y su fisonomía tiene una clara conexión con el Lignum Crucis Patriarcal de la Iglesia ortodoxa, ubicada en la Cripta del Santo Sepulcro de Jerusalén. Tras el probable hallazgo del madero donde murió Cristo, que La Leyenda Dorada del franciscano La Vorágine (siglo XIII) atribuye a Santa Elena –madre del emperador romano Constantino (siglo IV)-, se fueron configurando relicarios que llevaban dentro trocitos del madero santo. Estos relicarios eran portados, inicialmente, por los Patriarcas de la Iglesia oriental. La tradición habla que la cruz que apareció en Caravaca el año 1231 fue la que usaba como pectoral el Patriarca Roberto, primer obispo de Jerusalén al comienzo del siglo XII, fecha en que la ciudad fue conquistada a los musulmanes en la Primera Cruzada. Las hipótesis sobre el supuesto origen templario de la Vera Cruz no están claramente probadas.