La Cruz de Caravaca
 
Forma externa distintiva

El símbolo caravaqueño tiene forma de cruz pectoral. No es un gran trozo largo ni ancho; sus proporciones son las adecuadas para llevarla colgada en el pecho. Así la usaban los Patriarcas.


Forma externa

Parece ser que en un principio (S.XIII) la reliquia de madera, en Caravaca, se protegió con un engaste de chapa de plata sobredorada. Custodiada en una caja de plata, ésta a su vez se depositaba en un cofre de marfil y éste se colocaba en el tabernáculo. Así la Cruz se custodiaba bajo tres llaves y de esta forma estuvo durante unos 300 años. Los lóbulos de la forma actual no estaban al principio. Ya en 1660 el Concejo de la Ciudad hizo un nuevo engaste de oro fino. Medio siglo más tarde (1711) el duque de Montalto regaló una rica “teca de oro” con numerosos diamantes y perforada por taladros que permitían tocar el mismo madero con reproducciones de cruces. Unos sesenta y seis años después se pidió la reparación del engaste al duque de Alba, descendiente del anterior donante. El duque devolvió una nueva y mejor teca-estuche de oro y pedrería que llegó a la ciudad en agosto de 1777. Este relicario tenía la forma externa que conserva hoy y que distingue al símbolo caravaqueño de otras cruces similares, por los remates lobulados en los extremos de las dos traversas que lo componen.

Esta forma externa ha llegado a ser en sí misma la representación peculiar de la Cruz de Caravaca y por la que se la conoce y venera. Vemos, pues, que ha habido cuatro estuches-relicarios, siendo la forma del último el que se ha quedado fijada desde el siglo XVIII hasta hoy.

 

 
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