Jubileo 2003
 
Homilia Emmo Sr. Cardenal Joseph Raztinger en el Santuario de Caravaca

Homilía en el Santuario de la Stma. y Vera Cruz de Caravaca en el primer Domingo de Adviento 1 Diciembre 2002, Emmo Sr. Cardenal Joseph Raztinger, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe

Queridos hermanos y hermanas:

Con el primer domingo de Adviento, que hoy celebramos, inauguramos la tercera fase del Año Preparatorio para el "Año Santo Jubilar", en el que, según acontece cada siete años, deseamos venerar de manera especial el misterio de la Cruz de Cristo. Y es que la venerable Cruz de este santuario nos presenta encarecidamente ese misterio.

En primer lugar nos viene a la mente la tradición, según la cual el tres de mayo de 1232 apareció esta cruz aquí de manera misteriosa en medio de un territorio bajo dominación islámica. El rey musulmán Ceyt-Abuceyt, que en aquellos años dominaba en Murcia, quería saber de un sacerdote católico, que estaba apresado en su residencia, qué era ser sacerdote, qué significaba celebrar la misa. El sacerdote Ginés Chirinos le explicó brevemente que la prescripción más elevada del sacerdote era la celebración de la eucaristía, instituida por el Señor en la Última Cena, y que en esa celebración el pan y el vino se transforman en la carne y la sangre del Redentor: "cuerpo de Dios puro y verdadero". Pero para ello -continuó diciendo Ginés Chirinos- el sacerdote tiene que vestirse con las santas vestiduras, como Cristo, y pronunciar las mismas palabras que Cristo pronunció en la Última Cena. La curiosidad del rey se avivó, hasta el punto de que quiso asistir a una misa, e hizo traer todas las vestiduras y utensilios necesarios para tal efecto, tal como le había explicado el sacerdote. Cuando la misa iba a empezar, se dieron cuente de que se habían olvidado de una cosa: una cruz, que tenía que estar sobre el altar para la celebración del sacrificio. Mientras el sacerdote trazaba con sus dedos la figura de una cruz, el rey le dijo lleno de asombro: "¿es eso que está sobre el altar?". Y, cuando el sacerdote dirigió su mirada al altar, vio que estaba plantada una cruz: la Cruz de Caravaca, que de manera misteriosa se había hecho presente, de modo que entonces pudo celebrarse la sagrada liturgia mirando a Cristo crucificado.

Mucho nos da que pensar este antiquísimo relato de la Cruz de Caravaca. El sacerdote es plenamente sabedor de que su mayor servicio es invocar la presencia verdadera del cuerpo y la sangre de Cristo, abrir el cielo para que venga a la tierra. Él sabe así, con santa admiración, cuán grande es el sacerdocio; sabe que no obra él mismo, sino que él "se ha revestido de Cristo" - no sólo por fuera, sino desde dentro: el Señor ha tomado posesión de él, actúa y obra por medio de él. Él mismo, el Señor, está presente de nuevo y pronuncia por la boca del sacerdote las palabras santas que transforman cosas terrenas en un misterio divino. El sacerdote sabe que no puede celebrar la eucaristía de cualquier manera, sino que es humilde servidor de un gran misterio al que sólo puede acceder en obediencia y veneración. Sabe que esta celebración no está subordinada a su capricho y que incluso la forma externa es -y tiene que ser- manifestación del obrar oculto de Dios. Y sabe que la mirada a la cruz, al crucificado es esencial para la misa. Claramente esta frase de la Epístola a los Hebreos le ha llegado al alma: "Fijemos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, por el gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios" (Heb 12, 2). De esto se trata precisamente en el próximo Año Santo: que dirijamos la mirada del corazón a Jesús. Y esta tiene que ser la orientación interior de la mirada en cada celebración eucarística: aprender a mirar por encima de las cosas de la vida cotidiana, por encima de la marea de imágenes del televisor, para llegar a ver desde nuestro interior a Jesús y así reconocer el Camino, la Verdad y la Vida. A consecuencia de la marea de imágenes de nuestro tiempo, nos amenaza una ceguera del corazón; ya no podemos ver más hacia nuestro interior, porque lo que nos llega de fuera nos embarga por completo. Ya no estamos en condiciones de percibir el interior de las cosas y de los seres humanos: la belleza de la creación, la bondad oculta, lo puro y lo grande que habita en un hombre y a través de lo cual nos contempla la bondad misma de Dios. Mantener dirigida la mirada a Jesús: la Epístola a los Hebreos nos dice al respecto algo muy importante. Jesús mismo -así dice la Epístola- fijó su mirada en el gozo de Dios. Y por eso pudo soportar la cruz y pasar a través de su ignominia exterior. Él miraba no sólo el gozo que Dios le daba, él miraba el gozo que Dios quiere darnos a todos y al que nosotros no alcanzamos porque no lo reconocemos. Puesto que nosotros no lo anhelamos, no nos ponemos en marcha para buscarlo, y no nos ponemos en marcha porque otras alegrías más veloces nos distraen y nos ciegan. Pero Jesús quiere allanarnos el camino que nos lleva a la alegría de Dios. Por eso toma la cruz sobre sí, la cruz que abrirá nuestros corazones. Él leva nuestras oscuridades, nuestros dolores, para que se abran nuestros ojos, para que lleguemos al camino que nos lleva a la alegría de Dios. Mirar a Jesús significa dirigir la mirada a la alegría de Dios, aprendiendo de Jesús que precisamente la renuncia y el dolor nos llevan al camino de la verdadera alegría. Pidamos al Señor que sepamos ver por dentro, que seamos cada vez más capaces, en la celebración de la eucaristía, de buscar y encontrar su rostro.

Retornemos de nuevo a la historia de la primera aparición de la Cruz de Caravaca. En esa historia se nos cuenta que la cruz olvidada se hizo presente por sí sola inmediatamente después de pedir por ella. Los milagros exteriores no se repiten y tampoco son lo esencial. Pero el milagro interior sucede en la eucaristía siempre de nuevo: la cruz del Señor se hace, en realidad, presente. La misa no es sólo un banquete; en ella el misterio de la cruz está en medio de nosotros. El sacrificio de Cristo en la cruz no pertenece simplemente al pasado. Es cierto que todo lo que los verdugos hicieron, todos los actos de su crueldad e irreflexión, todo eso ya pasó. Pero, a decir verdad, aquel sacrificio no consistió en esos actos externos. Consistió más bien en que Jesús mismo, en su interior -"voluntariamente", nos dice la segunda plegaria eucarística- lo aceptó transformando en su interior los actos externos de crueldad en un acto de amor. Ese acto es el que rasgó el velo del templo, el que partió en dos el muro que separaba a Dios y el mundo. Con ese acto Jesús ha elevado el género humano hacia Dios. En ese acto de amor se unen lo humano y lo divino en Cristo: el amor humano y el divino se hacen uno - Dios es amor. En la entrega de Jesús, su humanidad se hace amor, y así se unen Dios y el hombre. Ya no hay muro de separación: ese es el acontecimiento de la eucaristía, el misterio profundo de la cruz, su profundo contenido. Conforme a eso, la Epístola a los Hebreos describe de nuevo lo que sucede en la misa con las siguientes palabras: "Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne, y a la asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, ... y a Jesús, mediador de una nueva alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla más fuerte que la de Abel" (Heb 12, 22-24). En otro pasaje la Epístola a los Hebreos describe de manera semejante el proceso interno de la celebración eucarística: "Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un auxilio oportuno" (Heb 4, 16). Esta es la grandeza de la Santa Cruz. Esta es la grandeza de la eucaristía. La redención se hace presente porque el amor crucificado se hace presente. Todo amor humano tiene que ver con la cruz - con la renuncia de uno mismo, con la donación de uno mismo: sólo el que pierde se encuentra (Mt 10, 39). Tenemos que aprender de nuevo esta grandeza de la eucaristía, y el Año Santo de la Cruz de Caravaca nos ha de ayudar a ello.

Con todo lo anteriormente dicho también se ha ce patente la relación entre el mensaje de la cruz y el Adviento, cuyo comienzo celebramos hoy. Qué significa el Adviento está expresado sobre todo en dos textos de la liturgia de hoy. Primero resalta la oración del profeta Isaías: "Señor, ¿por qué nos extravías de tus camino ...? Vuélvete por amor a tus siervos ... ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases ...!" (Is 63, 17-19). ¡Qué cercana a nosotros es la situación del profeta! Cuán oscuro y velado parece el cielo, cuán impenetrable parece la frontera del mundo y de nuestro conocimiento, de modo que no podemos alzar la vista a Dios. Muchas nubes cubren la mirada hacia el Dios vivo. Y sus siervos, los hombres que quieren creer, se sienten con frecuencia tan abandonados. Sí, con el profeta gritamos al Señor: ¡Rasga el cielo! ¡Vuelve a tus siervos!. Y el Señor nos responderá: ¿No veis que yo ya he rasgado el cielo?. Entonces, en la hora de la cruz, con el velo del templo se rasgó también el velo que separaba el cielo y la tierra. Cuando el soldado romano atravesó su lanza en mi costado y brotaron de esa herida sangre y agua, entonces esa lanza penetró en lo hondo del corazón de Dios. Ahora podéis contemplar mi costado abierto al Padre y llegar hasta Él. Con mi corazón abierto Dios mismo se os ha dado. Sí, yo he rasgado el cielo en la hora de la cruz y siempre lo rasgo de nuevo en la hora de la santa eucaristía. Esto es Adviento. Esto es llegada. Ahora yo entro en medio de vosotros y me dono a vosotros para que me toquéis de cerca, e incluso me dono hasta llegar a lo más íntimo de vosotros. ¿Veis el cielo abierto?. Y nosotros sólo podemos responder humildemente diciendo: Señor, ¡sana nuestra ceguera interior, rasga también nuestro corazón para que pueda ver!.

El segundo texto que define el Adviento se encuentra en el evangelio, que el Señor resume con la palabra: ¡Vigilad! ¿Qué quiere decir cuando habla de vigilancia? Está vigilante aquel que percibe la realidad en su totalidad y a fondo y no el que simplemente se deja impresionar por ella. Vigilar siginifica contemplar las cosas penetrando a través de la superficie y así experimentar lo verdadero, es decir, a aquel que está detrás de todo, al Dios vivo: a Cristo, en quien Dios se hizo hombre, al Emmanuel - Dios con nosotros. Estar vigilante significa no sólo defender lo que se refiere a nuestros intereses y deseos externos, sino ver los más profundos signos del tiempo con los que el Señor golpea suavemente nuestra alma para que le abramos la puerta. ¡Qué dormidos estamos frente a Dios! La cruz, a la que remite la santa eucaristía y cuyo signo exterior es la santa Cruz de Caravaca, es la fuerza santa con la que Dios golpea nuestros corazones y nos despierta. Ver a Cristo crucificado significa vigilar y luego vivir con rectitud. Sí, Señor, ¡abre el cielo! Haznos vigilantes para que te reconozcamos a ti, que está oculto en medio de nosotros. Amén.

 
Retransmisión de misas por Internet
© 2003 Caravacadelacruz.org. Todos los derechos reservados.
Realizado por AGDiseño